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Relato de Terror: La Cabeza de la Señora Lucinia
Un espeluznante caso acaecido en la España profunda, que hubiera sido portada en todas las publicaciones de sucesos, en caso de haber sido real… ¿o acaso lo fue?
Por Álex Guardiola

Relato de Terror - La Cabeza de la Señora Lucinia El día del funeral de la señora Lucinia, Don Casimiro, el dueño de las pompas fúnebres, se dio cuenta que había hecho el ataúd que le habían encargado dos palmos más corto. Maldito chaval, no lo volvería a mandar a coger las medidas, pensó.
Lo peor en aquellos casos era la familia. No había tiempo para fabricar una nueva caja, por tanto, la solución debía ser drástica, los allegados tendrían que decidir de qué parte se prescindía.
Se presentaron la hija mayor de la finada y su marido, el yerno. Don Casimiro, les explicó el problema y la forma en la que había que actuar.
—Córtele usted la cabeza ya de una vez. ¡Coño, la guerra que da esta mujer!
—¡Manolo! ¡Qué es mi madre!
—Hágame caso a mí —replicó el yerno de la señora Lucinia.
Al final, el funerario, tomó las herramientas y cercenó el menudo cuerpo de la abuela, que habría cumplido ochenta y seis castañas aquel invierno, a ras de cuello.
Se celebró el funeral, que resultó muy emotivo, en la iglesia del pueblo, por la que la señora Lucinia no pisaba porque había renegado de la religión desde que su Severiano pasase a mejor vida, dieciocho años atrás. Se recordó lo buena que era y cuánto quería hasta al más pequeño de los bichos, pues no permitía que se matasen en su presencia moscas, mosquitos, pulgas ni arañas.
Como la buena señora había sido embalsamada, a Maruja, la hija menor, le dio cosa dejar la cabeza de su madre en aquella caja de madera tan fea que sepultaron en la tierra para que fuese pasto de los gusanos; así que, envolvió la testa de la señora Lucinia entre sus ropas y, cuando regresaron a la casa familiar, la depositó en el que había sido su sillón favorito. Catalina, se asustó un poco en cuanto la vio, sin embargo, consideró que se trataba de una muestra de respeto de su hermana, luego, allí la dejó. Manolo, en cambio, protestó, discutió y se quejó, mas de nada le sirvió. Las señoras de la casa habían dicho que la cabeza de la anciana se quedaba con ellos y chitón a eso. Al desesperado yerno le tocó tragar, al fin y al cabo, vivía de prestado, que el hogar era propiedad de las dos hermanas ahora.


Un jueves por la tarde, casi una semana después del entierro, una voz sonó por las estancias de la casa:
—¡Maruja! ¡Catalina!
Las hermanas, andaban ocupadas en sus tareas, la una en la cocina, la otra en el terrado, planchando la ropa. Cada una pensó que la hermana la había llamado, pero, como apenas lo habían oído, esperaron que quien las llamaba repitiera las voces.
—¡Maruja! ¡Catalina! —en esta ocasión, el vocerío retumbó por las paredes, haciendo vibrar las vigas.
Maruja dejó su labor y marchó corriendo a ver qué ocurría. Cuando alcanzó la puerta de la salita, Catalina permanecía de pie con la mano en la boca, reprimiendo un grito, que intentaba escapar de su garganta.
—¿Qué os pasa? No os quedéis ahí como pazguatas con la boca abierta y encended la radio que van a dar la novela.
Los ojos grises de su madre, las miraban de hito en hito, pasando de una a la otra, como si fuese la cosa más normal del mundo que la cabeza de un cadáver enterrado no quiera perderse su culebrón favorito.
—¡Venga que os va a dar un síncope! ¡Prender la radio, coñe!
Sí, las dos mujeres estaban al punto del colapso nervioso, porque la boca se movía con total naturalidad, echando resmas de órdenes al igual que en vida. Obedecieron, poniendo en marcha el aparato, incapaces de llevarle la contraria a su madre, aunque estuviese muerta.
—Eso está mucho mejor.
Aún atónitas, vieron como la cabeza, seguía con entusiasmo las voces que emanaban del altavoz.
—Madre, ¿quiere usted un chocolate caliente? —reaccionó Maruja, quien si no tenía listo una taza del tentempié cuando comenzaba la radionovela, solía recibir una reprimenda de la señora Lucinia.
—Ay, no hija, gracias.
—Madre, ¿seguro que no le apetece nada? Así como está... —empezó Catalina, que se había quedado un poco atrás, temiendo que la bronca fuese para ella.
—Lo único que quiero, es que me dejéis en paz, mientras escucho la radio. Ni muerta, puede una estar tranquila en su casa, habrase visto. ¿Para qué tiene una hijos? —a lo que continuó una larga serie de rezongos y exabruptos, más bien parecía que estaba rezando el rosario, que despotricando contra sus vástagos.
—Manolo se va a enfadar —le dijo Catalina, por lo bajini, a su hermana—. Ya verás.
En efecto, Manolo llegó del taller, con las manos sucias de la grasa de los coches y enseguida vio la cabeza de su suegra, vivita y coleando.
—Hola Manolo, menudas horas, ¿no? Seguro que has parado a tomarte unos chatos en el bar. Tú de juerga y tu santa encerradita, limpiándote la casa, lavándote la ropa... —continuó con una ristra de reproches al yerno, quien no cabía en sí de la desesperación.
—Megaüen to, ni muerta se va a callar, usted. ¡La madre que me parió! ¡Cochina suerte la nuestra!
—... preparándote la comida para que el señorito no esté a disgusto...


La cena resultó ser la más silenciosa que jamás hubiera tenido lugar en el hogar de los Heredia. Los adultos, Catalina, Maruja y Manolo, agradeciendo la quietud, después de que la cabeza hubiese parado de hablar. Los hijos del matrimonio, Carlota y Julián, muertos de miedo porque la cabeza de la yaya les había hablado, regañándoles, como siempre, por comer chocolate y regaliz a escondidas, y al niño, en especial, por guardar un tebeo entre los cuadernos de la escuela. Los críos apenas probaron bocado. No fueron capaces de apartar la vista del sillón orejero donde reposaban los restos de la abuela Lucinia.
Los mayores no lograron sacarse la aguda y mandona voz de la anciana de la cabeza en toda la noche, los niños tuvieron varias pesadillas en las que su yaya los perseguía por la casa, riñéndoles por no haberse lavado las manos antes de comer.


La calma se mantuvo hasta la sobremesa del jueves siguiente.
—¡Maruja! ¡Catalina! —tronó la autoritaria voz de la matriarca, reverberando hasta en el último rincón imaginable.
Las mujeres, temiendo que aquel silencio de su madre no les iba a durar mucho, corrieron a ver quién alcanzaba la radio primero, pues ya sabían por qué las reclamaba la cabeza incorrupta de la señora Lucinia.
Catalina fue la primera en alcanzar la vetusta radio y girar el dial justo cuando el locutor de grave voz, anunciaba un nuevo capítulo de Las Sombras de los Pazos, popularísimo culebrón que reunía a familias enteras junto al transistor.
—Así, me gusta, hijas, diligentes y señoras de vuestra casa, como vuestra difunta madre.
Ellas regresaron a sus tareas, dejando a su madre, si acaso aquella cabeza parlante, podía llamarse así, entusiasmada con los devenires del serial.


Pronto se difundió la noticia: los Heredia, tenían en casa a la señora Lucinia, y su cabeza les hablaba. En unas versiones echaba maldiciones a los habitantes del pueblo, en otras lo único que salía por su boca eran espumarajos e insultos. Incluso se llegó a comentar que por las noches invocaba al Diablo y por eso había superado la muerte, volviendo a fastidiar a los suyos.
De cualquier forma, la expectación que se había ido creando resultaba enorme. Raro era el jueves que los Heredia no tenían una cola de más de veinte lugareños que querían ver cómo la señora Lucinia abría los ojos y les pedía a sus hijas que le pusieran el culebrón.
Tanta gente que, por ocurrencia de Manolo, se les empezó a cobrar una cantidad por ver el espectáculo. Total, ya que cargaban con aquella cruz, ¿por qué no sacarle algo de provecho? O por lo menos aquello fue lo que pensó Manolo, aunque, al principio, se topó con la oposición de su mujer, a quien no le parecía adecuado convertir la casa en una especie de feria a costa de que su madre hubiera vuelto a la vida. Sin embargo, Maruja enfocaba el asunto desde otra perspectiva, comentaba que se trataba de una bendición y tenían que mostrarla a todo el mundo. Entonces, su milagro, como Lourdes, como una aparición de La Virgen, tenía que costar dinero, porque ellos gastaban luz y los parroquianos les manchaban la casa y no les dejaban tranquilos. Por tanto, la idea de cobrar una cantidad insignificante cubriría aquellas cosas. Tampoco es que pretendiesen hacerse ricos a costa de la cabeza, eso sí que no, afirmó con rotundidad Maruja, en el cónclave familiar, para decidir la forma de actuar. Unos céntimos estarían bien. Manolo gruñó y carraspeó, mostrando su disconformidad, para él lo de las visitas podría sacarle de los bajos de los coches, pero las mujeres le miraron a los ojos con severidad, imponiéndose la voluntad de ellas. Con el tiempo, los vecinos comenzaron a ir a visitar a la abuela, pidiéndole vaticinios sobre sus vidas a las que ella respondía, malhumorada:

Relato de Terror - La Cabeza de la Señora Lucinia —¡Mecagüen todos los demonios! ¡Dejadme en paz!
Hombres y mujeres, se marchaban comentando que tenía a Satanás en el cuerpo, que aquello debía de tratarse de un pacto con el Maligno, nada bueno podía traerles. Se diferenciaba enseguida entre los que guardaban cola, de los que ya habían visitado a los restos de la señora Lucinia, porque estos últimos no dejaban de santiguarse, invocando a Jesucristo o al Santo Padre, ya que habían presenciado las barbaridades que les soltaba la cabeza de la abuela porque no le dejaban escuchar a gusto la novela.
Las palabras malsonantes y maldiciones fueron interpretadas como señales de mal agüero, que llenaron de temor hasta al más valiente de los habitantes del pueblo.


Sucedió que los rumores de una cabeza parlante llegaron hasta los beatos oídos del sacerdote de la parroquia. Don Felipe, un curita joven, nacido en la capital y recién ordenado, con muchas ganas de hacer cosas por sus feligreses, pero lleno de la altivez y el descaro que venían con la juventud, se dispuso a actuar. En primer lugar, recabó información, arrancada en secreto de confesión a las mujeres que habían presenciado el fenómeno, asegurándole que la mano del Demonio se dejaba sentir en aquella habitación y que él, como pastor, debía traer al redil a aquella familia descarriada que mantenía un espíritu maléfico entre las paredes de su casa. Por supuesto, el sacerdote se había atribuido aquel deber y no toleraría ningún tipo de supercherías analfabetas delante de sus narices. Se apostaba el bigote, aunque fuera pecado, a que él solo desenmascararía el hechizo, en caso de que lo hubiese. Si hiciera falta, encendería una pira para quemar en la plaza mayor del pueblo aquella aberración de la naturaleza o fruto del trato con seres del Averno.


Al siguiente jueves, Maruja fue en busca de su hermana y de su cuñado.
—Don Felipe está aquí. Dice que quiere ver la cabeza de mamá.
—Pues dile que son cincuenta centimitos de nada, que luego él bien que te mira atravesado en misa si no has echado nada al cepillo.
—¡Manolo! No seas bruto, ¿cómo le vas a cobrar al señor cura?
—El parné por delante, Marujita, si no, no entra —insistió Manolo, terco.
El sacerdote presentó sus respetos a la familia, todo digno, pidiendo que le mostraran el fenómeno como lo llamó. Le condujeron hasta la salita, donde la señora Lucinia escuchaba con una sonrisa de deleite su emisión favorita.
La escena asombró al hombre de Dios, que ni mucho menos se esperaba semejante espectáculo: la cabeza de una muerta, con los ojos abiertos, que movía de un lado a otro, sus mandíbulas mascaban, como rumiando, las aletas de la nariz se estiraban y contraían, de la misma forma que si inhalara y expulsara aire, al igual que si necesitara el oxígeno para respirar. En definitiva, de la misma manera que una persona viva.
La señora Lucinia, o más bien, lo que quedaba de ella, no pareció notar la presencia del clérigo, porque este no se había atrevido a traspasar el umbral, absorto, como estaba, mirando de hito en hito la maravilla que se presentaba ante sus incrédulos ojos. Una anomalía, se dijo. Aquello no podía suceder. Era inhumano, contrario a las leyes del Señor. Una abominación aborrecible. Tenía que hacer algo. ¿Pero qué? Lo primero que se le ocurrió fue ir a buscar un frasquito de agua bendita y su Biblia a la sacristía.
A la vuelta, le dio otros cincuenta céntimos a Manolo, quien insistió para que le pagara de nuevo. Otra vez ante la cabeza, sin preguntar, vertió unas gotas de agua bendita sobre la difunta rediviva, esperando que se disolviese entre volutas de humo y olor a azufre.
—¿Oiga, quién se ha creído que es usted, tirándome agua por encima? ¡Maruja, Catalina! ¡Echad a este fantoche con sotana de mi casa! ¡Fuera! ¡Qué se vaya! ¡La madre que parió al cura este y a toda su jarcia de compadres! ¡Pájaro de mal agüero! ¡Negro como los cuervos! ¡A tomar por culo de aquí! ¡Mecagüen...
Continuó con una sarta de imprecaciones, renegando contra la Iglesia, sus ministros y los Santos, a quienes bajaba a pedradas de los cielos, sin parar hasta que sacaron al cura de la casa. Entonces, se quedó tan tranquila como si nada la hubiera molestado.


Don Felipe, ya en el silencio de su sacristía, escribió al obispado. Horrorizado por el espectáculo que había presenciado, les pedía consejo, preguntándoles cuál debía ser su manera de lidiar con aquel asunto.
No sólo consiguió que un preboste de la capital se presentara en la iglesia al día siguiente, si no que el mismito secretario del señor obispo le acompañaba, los dos en amor y compañía. El curita de provincias había hecho venir desde Salamanca a dos mandamases. Como fuera un bulo, se iba a enterar, le iban a mandar destinado a las misiones en Haití. Los señoritingos de la capital se armaron de rosarios y frasquitos de agua bendita, además de una Biblia por cabeza y una urna con la Sagrada Forma, camino a casa de los Heredia.
Manolo, que ya por aquellas, le tenía una tirria tremenda a las sotanas, les cobró el doble, aludiendo que, si venían de la ciudad, entonces podían pagar un poco más.
Maruja y Catalina, entre asustadas por miedo a haber cometido un pecado mortal, y asombradas, condujeron a tan ilustres caballeros ante la señora Lucinia. Sin embargo, habían venido unos cuantos minutos antes de que la maravilla se revelara.
Los enviados del Señor revolvieron toda la habitación en busca de un posible fraude, observaron cada cuadro, figura de porcelana, fotografía familiar o tapete de ganchillo. Realizaron innumerables preguntas: ¿Había recibido el Bautismo? ¿Y la Comunión? ¿Estaba confirmada? ¿Por qué no había un crucifijo en el cuarto? ¿Cuánto hacía que no tomaba la Comunión desde que murió? ¿La última vez que se confesó? ¿Cómo definirían su estado mental en vida? ¿Tomaba alucinógenos o estupefacientes? ¿Consumía alcohol? ¿Se le habían prescrito medicamentos? ¿Padecía de alguna dolencia crónica? ¿La familia tenía antecedentes de esquizofrenia? ¿Sífilis?
Las hermanas aguardaban el dictamen de los santos varones, mientras hurgaban en su casa, y por ende en sus vidas. Manolo no hacía más que protestar, refunfuñar y quejarse ante cada nueva pregunta o parte del mobiliario que era cambiado de su emplazamiento original.
—Tengan cuidado, coño, que ese reloj nos lo dio mi suegro como regalo de bodas.
—¡Manolo! Disculpen a mi marido, por favor, padres —Catalina trató de excusar el pronto de su cónyuge.
Los susodichos hicieron caso omiso, continuando con su tarea.
—Ya casi es la hora —anunció Maruja, nerviosa, quien miraba el registro desde el umbral de la habitación.
Los presentes aguardaron, expectantes los forasteros, simplemente esperando un hecho conocido los miembros de la familia Heredia y el curita.
Mientras los segundos transcurrían, los avezados e inteligentes caballeros, vieron como una pequeña e insignificante arañita se descolgaba por su finísima hebra, aterrizando entre la maraña de pelo gris trenzado de la señora Lucinia. La araña, desapareció unos segundos entre los espesos mechones, apareciendo en la frente. Desde allí, con sus menudas patitas, fue bajando por la cara, salvando sin ningún problema, arrugas y enormes verrugas coloradas, alcanzando la nariz, por uno de cuyos orificios se introdujo.
Entonces se produjo el milagro en el que la carne muerta regresaba a la vida. Vieron los enviados del obispado, que las descripciones de Don Felipe no habían sido para nada exageradas. La abuela entornaba los ojos y las aletas de la nariz se dilataban, como si tuviese la necesidad de respirar. Los labios se entreabrían, comenzando a charlar con el cascado y gritón tono por el que era recordada la señora Lucinia.
—¡Maruja! ¡Catalina! —el chorro de voz restalló contra las paredes, obligando a los que permanecían de pie a recular un paso.
Catalina se dirigió rauda a encender el aparato de radio. Los sonidos que llegaban desde el altavoz inundaron la estancia, eclipsando la presencia de los enviados de la Iglesia.
—Pueden sentarse, si gustan. Que no se diga que los Heredia no somos hospitalarios.
Los interpelados no supieron qué hacer. Si le respondían, si entablaban conversación con ella, ¿acaso no estaban aceptando su existencia? Lo único que hicieron fue dirigirse miradas furtivas del uno al otro, poniendo cara de idiotas.
—Como prefieran, que luego no se diga que no se les ha tratado como corresponde.
Don Felipe, a pesar de su juventud, logró reaccionar con más rapidez que sus inmediatos superiores. El curita comenzó a situar los frasquitos de agua bendita en las cuatro esquinas de la habitación, entonando una bendición tras ello, mientras esparcía incienso y óleos perfumados. Empecinado en demostrar su valía e iniciativa, mojó los dedos índice y corazón en otro de los recipientes de agua consagrada y se dispuso a realizar el símbolo de la cruz en la frente de la cabeza parlante. Por supuesto, no ocurrió nada.
—Si vuelve a mojarme con esa porquería, le aseguro que le morderé —advirtió enfadada, elevando una octava el tono de su voz.
Aquello no era lo que les habían enseñado en el seminario. Pues los fenómenos extraños, relacionados con el mal, debían humear, quemarse ante el contacto del líquido bendito. Sin embargo, aquel monstruo, aquella criatura, no daba muestras de que le hubiesen dañado lo más mínimo. Una posesión demoníaca, tenía que tratarse de aquello, no conseguían pensar en otra solución. Un demonio, encima burlón, se había apoderado de la cabeza de la finada, no cabía un conclusión diferente.
El secretario del obispo, abrió la boca por primera vez:
—¿Se encuentra familiarizado con el ritual del exorcismo? —inquirió al cura del pueblo.

Relato de Terror - La Cabeza de la Señora Lucinia —Vagamente. Es un procedimiento que tendría que estudiar —replicó, con sinceridad.
—Ni se les ocurra pensar en guarradas de esas, para ponerlo todo perdido, que he visto la película esa. Ni hablar. Venga, si quieren quedarse más rato, a apoquinar, que hay más gente que quiere ver a la abuela.
Manolo aprovechó la perplejidad de los clérigos para acompañarles hasta la puerta, advirtiéndoles que, en caso de que quisieran volver, les cobraría el doble por el follón que les organizaban en la casa.
La comitiva eclesiástica se marchó, impotente. El secretario y su acompañante regresaron a la capital con el rabo entre las piernas, redactaron un informe que nunca vería la luz, y ambos dimitieron de sus cargos, víctimas de un claro caso de pérdida de fe, pasando a la vida laica.


Las noticias, como es bien sabido, volaban. Tanto, que las informaciones de la cabeza parlante de una muerta alcanzaron las oficinas de un periódico local. Encargaron a un redactor, provisto de una cámara fotográfica, que se presentase y averiguara cuanto pudiese sobre las presuntas invocaciones al Demonio. Allí había una noticia y querían hacerse eco de ella y explotarla, antes que un diario nacional les ninguneara, reventándoles la exclusiva.
Aunque sus cautelas resultaban innecesarias, pues Igor González, uno de los articulistas de la revista Misterios Inexplicables, ya se encontraba sobre la pista del extraño suceso. La noticia de que en un pueblo de Salamanca había una cabeza parlante, se extendió como la pólvora, gracias al espacio de radio que dirigía y presentaba el mismo divulgador.
Ambos periodistas se encontraron y conocieron en la cola frente a la casa de los Heredia, donde Manolo les cobraba la entrada. Intercambiaron sus pareceres sobre el tema y lo que, en un principio, podría haber surgido una rivalidad, se convirtió en camaradería y compañerismo. Prometiendo citarse el uno al otro en los respectivos reportajes.
Los periodistas entrevistaron a la familia, quienes les respondieron con cortesía, recabando datos, preguntando por anteriores sucesos extraños en la casa o en la familia. Cuando se dieron por satisfechos, pidieron ver la cabeza y los acompañaron hacia la salita, tomaron fotografías de la cabeza inactiva. El escritor de Misterios Inexplicables desplegó una panoplia de sofisticados y complejos aparatos: grabadoras, digitales y analógicas, sensores de infrarrojos, dispositivos de luz ultravioleta y demás artilugios electrónicos para recoger pruebas del fenómeno que allí sucedía. Los relojes e indicadores descansaban sin moverse. Afinaba y componía las máquinas con una profesional dedicación, sin parar de anotar datos en su cuaderno, teniendo en cuenta la temperatura de la habitación, la disposición de los medidores, el tiempo exacto cronometrado al segundo. Si conseguía desentrañar aquel suceso, catapultaría su carrera periodística hasta la televisión, quizás. Paseando la vista por el suelo, en busca de algún elemento que se le hubiera pasado por alto, se topó con que una araña trepaba por uno de los laterales del sillón donde descansaban los restos de la abuela. Siguió la trayectoria del arácnido, que desapareció por la nariz de la señora Lucinia. Acto seguido chilló, llamando a sus hijas.
—¡Maruja! ¡Catalina!
El muchacho del periódico local se asustó un tanto, pero el otro, acostumbrado a situaciones del mismo pelaje, ni se inmutó, porque permanecía de pie, calibrando los chismes, sin quitarle el ojo a los diales y pantallas. Desplegó una especie de trípode, sobre cuyo vértice fijó un péndulo, dejando que este colgara con libertad en torno a la cabeza.
—Ajá —asintió, al ver que el peso del péndulo se movía en sentido contrario a las agujas del reloj.
—¿No piensa formularle ninguna pregunta? —expresó el joven del diario provincial.
—No —respondió—, primero debemos analizar los datos y según los resultados que estos arrojen, será posible elaborar un cuestionario.
En esto, apareció Don Felipe dando voces, acompañado de dos números de la Guardia Civil, que se marcharon igual que vinieron, constatando que allí no se estaba cometiendo ningún delito y que no había peligro para el resto de los ciudadanos, dejando en evidencia al rencoroso sacerdote. La cabeza se quejó sobre lo concurrida que estaba la salita de aquel día, sin embargo no insultó ni dedicó ningún improperio a los visitantes.
Don Felipe, venía con afán de protagonismo, dándose aires de don importante, ya que se sentía ignorado porque en las noticias que habían aparecido en los medios no se le había mencionado. El rostro rosado como el de un cochino, estaba enrojecido de la furia, los carrillos se le hinchaban como si soplara una imaginaria trompeta del Apocalipsis.
La emisión del programa finalizó, apagándose tanto la radio como la cabeza, animada por energías telúricas. Entonces, la araña apareció del interior de la nariz de la señora, bajando con parsimonia hacia el piso, dirigiéndose hacia uno de los rincones del cuarto.
El cura impotente, aplastó con una Biblia que traía al bichillo, que no tenía culpa alguna de que el de la sotana viera obstaculizadas sus pretensiones a ascender en la jerarquía.
—Ya ha jodido la marrana —le espetó Manolo—. Mi suegra no hubiera permitido lo que acaba de hacer. Fuera de nuestra casa.
—Se arrepentirán.
—El que se va arrepentir como nos haya fastidiado el negocio, va a ser usted, se lo aseguro —la aseveración de Manolo, le pareció al cura bastante amenazadora como para tomarla en serio y abandonó el hogar de los Heredia hecho un basilisco.
—Disculpe, he estado comparando mis notas y me he dado cuenta que justo antes de que se produzca el fenómeno, una araña se encarama a la cabeza de su suegra, metiéndose dentro de ella —anunció el articulista.
—Sí, parece que sí.
—Interesante. Es posible que regrese la semana que viene.
—Si viene sin hacer aspavientos como el señor cura, es bienvenido.


A la semana siguiente, la señora Lucinia no regresó de entre los muertos. Las hermanas, que ya se habían acostumbrado y aguardaban atentas las demandas de su madre, se extrañaron.
La cabeza descansaba donde siempre, pero sin abrir los ojos, no les había chillado. Algo raro ocurría. Acercándose con cautela, miraron en dirección a los restos de su madre, parecía como si estuviera muerta, esta vez de verdad.
Cuando a los siete días la cabeza comenzó a pudrirse y a oler a muerto, tampoco sucedió nada. Decidieron llamar al investigador de Madrid, que al día siguiente se había plantado allí.
El fenómeno había cesado, como sospechaba, la cabeza se estaba descomponiendo. Pero Igor tenía un contacto que trabajaba como forense en la provincia y además le debía un favor. Así que a la hora y media apareció en la salita de los Heredia.
—¿De esto me hablabas?
—Sí. Si la familia da su consentimiento, necesitamos que secciones el cráneo —Maruja y Catalina se miraron, asintiendo.
—Yo diría que esta señora lleva muerta unas dos semanas.
—En realidad, falleció hace más tiempo. Por eso es preciso que la abras para ver si averiguamos algo.
El forense trajo sus herramientas, colocaron la cabeza en la camilla, sobre unas sábanas desechables dobladas. El médico pidió que le enfocaran una luz de forma directa al cráneo.
—¿Seguro que esto es legal?
—Sí, no existe ningún procedimiento judicial que nos lo impida, ni se encuentra envuelta en una investigación criminal —aseguró el divulgador.
El forense se dispuso a cortar con bisturí y escalpelo, tras haber afeitado el pelo, seccionando dermis, epidermis y cuero cabelludo, circunvalando el corte el perímetro craneal. Después, accionó la sierra eléctrica, aplicándola al hueso. El sonido causó que los testigos se estremecieran y les rechinasen los dientes. Terminó pronto, mucho antes de lo que esperaban, porque se habían imaginado que un procedimiento tan delicado debía durar más tiempo.
El forense retiró la parte del cráneo que había sajado, dejando al descubierto las circunvoluciones del cerebro, que se retorcían, sanguinolentas, en intrincadas curvas que iban y venían.
—Parece que se mueve algo.
—¿Cómo?
Con un nuevo tajo se abrió paso a través de los sesos de la señora Lucinia. Para su sorpresa, el resto de la cavidad craneal estaba hueca. Una masa de pequeñas formas ahusadas grises, que se hinchaban por momentos, ocupaban el espacio en lugar de los órganos que debían estar. Las partículas grisáceas permanecían unas junto a otras, asemejándose a un racimo de uvas.
—Parecen...
En el momento que alguien quiso completar la frase con unos huevos, el extraño racimo comenzó a rasgarse, rompiéndose sus asquerosas uvas, liberando su contenido.
Miles de huevos de araña eclosionaron a la vez, con un sonido que les recordó a la fruta madura al ser cortada, escapando del calor que la abuela les había proporcionado, liberándose de la matriz que los había incubado con tanto mimo. Los alevines de araña, sacudieron sus miles de patitas, aventurándose al nuevo e inmenso mundo que tenían por descubrir. Pronto taparon el hueco del cráneo, encaramándose al borde de la cabeza, rebosando esta, pues manaban de ella como agua de una fuente. Las crías se dispersaron por todos los rincones de la casa.
Quien más y quien menos, no consiguió reprimir las arcadas, desahogando su estómago en aquel mismo lugar. Los que lo lograron, se quedaron de piedra, inmóviles, debido al espectáculo que les ofrecían las cientos de miles de arañas que no cesaban de salir de lo que una vez había sido la señora Lucinia. El pánico no les permitía expresar su miedo, su repelús mediante gritos, porque apenas abrieron las bocas, los ojos como platos, la piel de gallina, pálidos al igual que la cera de las velas, aterrorizados por el interminable desfile de bichos. Nadie se atrevió a tocar a los animales, ni tampoco resultaron atacados.
Tras una hora, el flujo de arañas menguó, finalizando. La cabeza se replegó sobre sí misma, se deshizo, dejando una fea mancha en la sábana de papel.
El forense recogió sus instrumentos. El periodista guardó su cuaderno de notas. Maruja y Catalina barrieron y pasaron el mocho por el cuarto. Finalmente, Manolo clavó unas tablas cruzadas, para que nadie entrase, tapiando la habitación para siempre. Ninguno dijo una sola palabra.


A la semana siguiente se informó, aunque no nos queda constancia escrita de ello, de que una plaga de arañas había invadido la iglesia del pueblo, no pudiendo celebrarse misa allí durante meses. Varios equipos de fumigación, intentaron en vano exterminarlas. Al parecer, las arañas le habían cogido cariño al sitio, reproduciéndose en el santo lugar como conejos, por lo que se optó por derruir el edificio y construir uno nuevo.
Los más supersticiosos hablaron que se trataba de la maldición postrera que doña Lucinia le había echado al cura por haber matado a la araña. Pero, quienes lo comentaron, lo dijeron muy, pero que muy bajito. Porque, desde aquel suceso, ni en el pueblo, ni en casa de los Heredia, nadie se atrevió a aplastar una araña, por diminuta que esta fuese.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2010